Mundial, día 20: Un día de Locos

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La jornada de hoy fue casi hollywoodense. Con partidos excepcionales, finales tristes y felices. Remontadas, definiciones insólitas y protagonistas excluyentes. Héroes y villanos. Un día que tuvo de todo.

Brasil y Holanda jugaban una final anticipada. Hay dos maneras de leer el partido. Mejor dicho, y para que sea más entendible, dos tiempos. En uno, Brasil le dio una lección de fútbol a los holandés. En el segundo, le dio una lección de cómo perder un partido por cuenta propio. Los europeos jugaron como todo este Mundial. Con lo justo y necesario. El primer tiempo fue un monólogo carioca. Algunos dicen que los goles no se merecen y se hacen, pero Brasil mereció irse al descanso al menos tres goles arriba. En esa etapa se vio lo mejor de Brasil en todo el Mundial. Dominó, tocó, le mostró la pelota a Holanda y nunca se la dio. Felipe Melo se disfrazó de Riquelme y dejó solo a Robinho que definió bárbaro a la carrera. Pero les faltó un poco más de contundencia. Y en el segundo lo iban a pagar caro. Aunque el juego no cambió demasiado, el golpe anímico del empate derrumbó todo lo hecho por Brasil. En una misma jugada se desmoronó todo. Y el gol es una muestra perfecta. Un centro intrascendente que termina adentro porque Julio Cesar, el mejor arquero del Mundo, falló por primera vez. Y Melo, que había asistido en el gol, fue el que lo molesto para que todo termine el gol. Sneijder lo gritó como suyo, pero el tiempo le daría razones para gritar y más fuerte. Cómo la máxima anterior de que “los goles se hacen”, la de “dos cabezazos en el área es gol” también se cumplió. Casi sin buscarlo, y aprovechando la desesperación del rival, Holanda estaba en semifinales. Cómo en todo el torneo, sin hacer casi esfuerzo. Así, ganó los cinco partidos. Y Brasil, a mi humilde criterio el mejor del Mundial, se volvía a Sudamérica. Sólo quedó tiempo para ver la desesperación y la impotencia de los brasileros buscando el empate milagroso que nunca llegaría. Lo que sigo llegó, y complicó el doble las cosas, fue la expulsión de Felipe Melo, que fue héroe y villano de la jornada. La alegría tem fin. Brasil otra vez afuera en cuartos, Holanda sigue trepando.

Uruguay-Ghana sonaba a partido de primera ronda. Después de duelos como España-Portugal o mismo el de holandeses y brasileros, este partido sonaba a relleno. Despertaba el típico “vez, estos dos pueden llegar a semifinales y después Argentina y Alemania se eliminan entre sí”. Pero armaron un partido digno de una película de Hollywood. Si Spielbierg estaba en la tribuna, en un par de meses sale “Ghana-Uruguay, un partido de locos” en los mejores cines. Los uruguayos tenían que enfrentar a los siempre impredecibles africanos. Porqué o te pasan por arriba con su dinámica y velocidad, o pierden por pecar de ingenuos con algún fallo defensivo o un penal tonto. Ghana llegaba como único representante africano, con toda la presión que eso representaba. El partido fue bueno. Muntari abrió las cosas en el primer tiempo con un zapatazo que se coló con la complicidad de Muslera y Forlán lo empató de tiro libre con la ayuda de Kingson. Básicamente eso fue el match, con un mejor Ghana, embanderado en Gyan y con un Uruguay que intentó pero no pudo más que lo que hizo. Pero no me alcanzarían los caracteres para describir lo que fue el final del partido. Los ghaneses afrontaban su segundo alargue consecutivo y mostraban estar más enteros físicamente. Uruguay se defendía pero intentaba con alguna contra con Suarez y Forlán. “¿Para qué sirve el alargue? Que vallan directo a los penales” escuché por ahí mientras miraba el partido. El reloj marcaba 120 minutos. La pelota caprichosa iba de acá para allá en área charrúa. Suarez salva en la línea por dos y se transforma en héroe. El árbitro pita. Es penal, Luisito nos había engañado a todos salvando el gol con la mano. Roja y a las duchas. Gyan acomodó. El ghanes había sufrido un terrible golpe en el tobillo pero ahí estaba. Si Ghana estaba en esa instancia, con esa oportunidad de ser el primer equipo africano en llegar a semifinales, era gracias a él. El estallido en el travesaño y el festejo de Suarez camino al vestuario lo transformó en héroe, en el gestor de una vida más. Y Gyan, el gran héroe ghanes, tenía las manos en la cara y quería desaparecer. La tanda de penales ya no era lo mismo. Ghana la encaraba con un golpe anímico casi irremontable. Uruguay, como a quien se le da una segunda oportunidad. Forlán abrió la cuenta. El pobre Gyan la clavó con dolor en el ángulo. Muslera se hizo gigante y atajó dos. Maxi Pereira se la regaló a un familiar en la tribuna. Quedaba el quinto de Uruguay, el de la definición. Cuando divise quién estaba caminando hacía el punto penal sabía cómo iba a terminar la historia. No hace muchos meses, en una final entre Botafogo –su equipo- y Flamengo, la historia había sido muy similar. Ahora le tocaba definir la serie. Si el arquero lo hubiese conocido, si alguna vez hubiera oído hablar de ese loco que se le estaba acercando, el final hubiese sido diferente. Pero no. Sebastián Washington Abreu acomodó, tomó carrera y la picó. El arquero a un lado, la pelota adentro. El fútbol se rió. Y la gente, se paró y aplaudió. El loco lo hizo otra vez.

Hoy el Mundial nos regaló una jornada excepcional. La clasificación de película de Uruguay, con un final para el infarto y una resolución de locos. Lamentablemente para el fútbol, Brasil ya está viajando a casa, pero Holanda –espero- nos dé el fútbol que nos está debiendo. Mañana sigue todo, juega Argentina-Alemania y Paraguay-España. Pero eso ya es otra historia.

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