Distinto a los demás

Para ser sincero, no se por donde arrancar este texto. Tantas son las emociones que se mezclaron esta semana y este día en particular, que es difícil encontrar un punto de partida. Sus declaraciones en la semana, la particular definición de Borghi en conferencia, el espectacular recibimiento de hoy en su regreso o su rendimiento luego de estar 180 días si pisar un campo de juego oficialmente. Pero, luego de una jornada que me dejó un gusto más que amargo, lo único que puedo decir es que, una vez más, el genio de la 10 en la espalda me demostró que es “como una mina con tres tetas”. Distinto a los demás.
Cuándo “El Loco Banderita” comenzó a agitar en la boca del vestuario, dio el puntapié inicial para que se iniciara un recibimiento espectacular a la altura de los acontecimientos. Juan Román Riquelme, #JR10, el último diez, Romy, el Torero, y todos los apodos que quieran buscarle, volvía a ponerse su camiseta, en su casa, ante su gente, luego de 180 días, dejando atrás su problema en la rodilla y esa novela de invierno que tan locos nos volvió a todos. Papelitos, fuegos artificiales y el caluroso canto al unísono de los hinchas, formaron una bienvenida inmejorable para el ídolo. Las cosas estaban en su lugar. Corrió de aquí para allá, entrando en calor, saludando a la gente, y volviendo loca a la cámara del Fútbol para Todos, que lo seguía cual marca personal. El diez ya estaba de vuelta.
Cuándo su mejor amiga empezó a rodar por el verde césped del patio de su casa, la magia se empezó a irradiar por todo el campo de juego. En 15 minutos, construyó más juego que Chávez –que me perdone el Pochi, es un grandísimo jugador-, Escudero y Cañete juntos, se mostró como opción para todos los compañeros e hizo circular la esférica por todo el ancho del campo, cosa que el equipo no intentó en las anteriores doce fechas. Un toque de distinción para un equipo apático.
Pases en cortada, circulación de pelota, toques de primera, todos ítems fundamentales que escaseaban hasta la llegada del diez. La gente, exaltada por su regreso, se levantaba con cada intervención divina de su ídolo, nuestro ídolo, y le devolvía con fervientes aplausos toda esa magia que el regalaba en el campo. Si hasta casi hace un gol olímpico, pero el caño dijo que no, evitando lo que hubiese significado una clausura del estadio y cada uno a su casa, feliz.
Sin embargo, a pesar de todos los intentos, de todos esos pases y de sus remates, la suerte –y las falencias de algunos compañeros- no le permitieron festejar en su regreso. Aunque, el gran nivel demostrado luego de tantos meses de inactividad, sea un motivo de festejo para él y para todos los Riquelmeanos. “Es un Barenboim con músicos de playback”, me escribió alguien por Twitter. Cuánta razón. Habrá que afinar los instrumentos para la próxima función, porque el director de la orquesta, ya está más que preparado para un nuevo Superclásico.
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