Palabras para el 10: Sebastián Varela del Río (www.augol.com)

Revivimos la sección “Palabras para el 10” con un hermoso relato de Seba Varela del Río, periodista de la web Augol. Riquelmista de ley, escribe sobre que quisiera ser cuando sea grande. Y la respuesta, al final de la nota. 

El 10 y la pelota. Una inspiración para cualquier amante del fútbol a la hora de escribir.

De mujeres, asados y goles

Yo, periodista de 24 en el documento. Él, un nene de seis años hijo de un amigo. La pregunta, fatal, me desarma en el momento más divertido de una tarde de invierno que no nos privó del tiki tiki futbolero: “¿Qué querés ser cuando seas grande?” Podría haberle contestado una pavada, es cierto. Algo para que el nene se quede contento y siga pateando. Pero yo, tan riguroso con la nimiedades y tan permisivo en las importantes, decidí que responderle de manera concreta era una cuestión que no debía pasar por alto.
Se arremolinaron 20 pensamientos locos en mi cabeza. “Un mejor periodista”, me dije. Al instante lo descarté. Teniendo en cuenta los años que tengo por delante y que, en algún punto, ya soy parte de una profesión, mejorar –al menos un pasito- no se vislumbra imposible. Sería un objetivo poco ambicioso.
Pensé en lo material, frívolamente. Hice el ejercicio mental de aumentar mi humilde nómina actual a números insospechadamente grandes. ¿Sería feliz ganando 100.000 pesos por mes? Probablemente estaría contento, es cierto. Pero para la felicidad es una aspiración que no se mide en cuentas sino en momentos. Segunda hipótesis descartada. Aunque los 100.000 vendrían bien para escribir más por gusto que por obligación.
Y caminé por aquello de que la felicidad y los momentos van de la mano. Entonces decidí elegir tres o cuatro ideas que me sacaran una sonrisa. Al estilo genio de Aladino, saqué de mi lámpara imaginaria todo tipo de momentos. Pensé en las sonrisas más lindas que conocí jamás. Después en los asados más largos que comí con mis amigos. Por último en los goles, los mejores y más fantásticos tantos que pude ver, alguno que hice en un partido debajo de la autopista y hasta el de un rival que la clavó en un ángulo del arco y del corazón en una final. Sentí todas esas vibraciones en el cuerpo y pensé en la manera de arribar a los paraísos. ¿Qué idea conductora podría vincular a mujeres, asados y goles? ¿De qué manera se podría elaborar una receta, un formato mágico para tener éxito en los nombrados menesteres?
De las mujeres me gustan, digamos, todas. O casi. En cada una hay un costado que puede llevar a la locura eterna a un hombre en sus cabales. Lo mejor que tienen ellas es la sutil diferencia entre las que te pueden llegar a dar una remota chance de algo después de una remada de Juego Olímpico y las que, sencillamente, jamás te darían la oportunidad de siquiera acercarle una vela en el medio de un corte de luz. Encanto, virtud y chamuyo. Una inconmensurable batería de estrategias para lograr que primero te escuche, que luego se ría y que por último te tire una pista para sacarle el teléfono.  Para ello no existen los tiempos. No hay urgencias. Solamente paciencia.
De los asados me gustan, digamos, todos. En cada parrilla está el noble sentir de los que comparten. Incluso en aquellas sucias y destartaladas que quedan en un rincón y que se usan más de vez en cuando que siempre. Allí, en la cancha del asado, el pecado mayor es “arrebatar” la carne. El asador hecho y derecho no tiene tiempos. Él se vale de interminables charlas al borde de la brasa y maneja la cocción con paciencia oriental. No hay urgencias. Solamente paciencia.
De los goles me gustan, digamos, todos. O casi. En cada búsqueda del arco rival hay un riesgo hermoso que tiene la mejor de las ambiciones. Los mejores goles, los más lindos, son los que vienen en los pies de los mejores jugadores. Los mejores jugadores son los pensantes, los que manejan la pelota a su gusto y administran los momentos. Con ellos no hay urgencias. Solamente paciencia.
Reflexioné en la tarde. Pude darme cuenta que la paciencia es una cualidad inmejorable y que, con ella en la mochila, la vida se vuelve, inexorablemente, más confortable. Busqué en mi mente a alguien para emular. Alguien que me diera un nombre propio para contestar a la duda inicial sobre lo que yo quería ser cuando fuera grande.
Sobre los grandes conquistadores de mujeres hay mucho mito. Que si salieron con tal y que si anduvieron con la otra. No se me ocurrieron grandes nombres, ya que, al final, los buenos caballeros no andan contando por todos lados si se ganaron una mina.
De grandes asadores se me ocurrieron un par de nombres. Los he visto buenos. Los que dejan a la carne tierna y jugosa. O los otros que la ponen a punto y bien llena de sabor. Pero al conocer solamente a unos pocos asadores en el firmamento barrial, por lo que la muestra no brindaba garantías para una conclusión satisfactoria.
¿Y jugadores? Jugadores si conozco. Los miro cada semana, por gusto o por trabajo. Y tengo bien en claro que prefiero a más refinados que a los que corren como animales. Valoro a los de bota sensible, a los genios incomprendidos, a los que apuestan a más y a los que imaginan. En suma, a los que juegan a jugar. ¿A cuál elegiría en un pan y queso? ¿Quién sería el hombre que pudiera organizarme el juego del equipo de la manera más atractiva?
Me frené. Pasaron en mi imaginario, igual que figuritas de un viejo álbum, un montón de tipos de camisetas diferentes. “¡Riquelme! ¡Juan Román Riquelme!”, dije casi en voz alta. “Cuando sea grande quiero ser un Riquelme. Con la capacidad de filtrar el pase justo que me habilite para la conquista de la sonrisa más linda del barrio. Con su clase magistral para acomodar el asado y manejar la pelota hasta la llegada del último de los comensales. Con el chamuyo futbolero y los condimentos para la fantasía adentro de una cancha. ¡Un Riquelme de la vida!”, cerré igual que un presidente que acaba de dar el gran discurso ante el auditorio más importante.
Levanté la cabeza después del remolino de pensamientos y esperé encontrar la aceptación del nene. O al menos alguna pregunta perdida. El pibito ya no estaba. Miré por la ventana y se encontraba enfrascado en un apasionante partido de Play Station con su papá. Jamás escuchó nada de lo que dije. “Los chicos de hoy ya no son lo que eran”, pensé. Y atesoré la pelota debajo de mi suela mientras ponía la pava para el mate.
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