Una noche en el teatro de La Boca

Por Leandro Ulloa (@CancionUlloa)

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El domingo fui al teatro. Me tocó una obra especial, con una cantidad de público fuera de lo normal: más de cincuenta mil personas. ¿La ambientación? Épica, anocheciendo y con una lluvia constante que le imprimía el grado exacto de dramatismo. Pero no había línea temporal. Podía ser 1998, 2001, 2007 o 2014.

Había veintiún actores de reparto y un protagonista excluyente, muy marcado. ¿Cómo me di cuenta? Por la gente. Por momentos también era protagonista de la obra, eso me pareció bastante curioso, pero original. Sabía los momentos exactos en los cuáles debía participar.

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Antes del inicio, se tocó el Himno Nacional Argentino. Y el público aprovechó la música para entonar un Himno clásico, local, que constaba en corear el nombre de dicho protagonista con cuerpo y alma. Bastante particular por cierto. También nombraron a un villano, pero no pareció tener demasiada trascendencia en lo que respecta a lo que sucedía en el escenario.

Y ahí empezó el show. Una, dos, tres, diez veces la gente volvió a repetir el Himno clásico, cada vez con más fuerza y frecuencia. Y el protagonista, tiempista en su performance, daba pie con su actuación para que la gente entrara en escena.

Hubo un momento de éxtasis, el mejor de todos los capítulos de la obra, cuando él ridiculizó con un fino movimiento a uno de los actores de reparto y provocó la más ruidosa de las ovaciones. Por poco que me asusté. Alcancé a ver algunas lágrimas de alegría y emoción derramadas por ahí.

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Y de repente llegó el final. O por lo menos para él, porque los demás siguieron actuando unos minutos más pero ya sin demasiada atención del público. Las 50.000 almas se pusieron de pie -aunque admito que hubo un sector que no lo hizo- y se rindieron a los pies del protagonista. Aplaudieron aún más fuerte de lo que lo habían hecho durante toda la obra. Diez veces más fuerte. Y le juraron amor eterno. Querían más funciones.

Cuando todo terminó, él agradeció a su público, revoleó su vestimenta por sobre su humanidad durante largos segundos y recibió la última de las ovaciones, cargada de una emoción difícil de reproducir en palabras. Se metió al camarín y desapareció.

Quedé intrigado por semejante performance. Me sentí afortunado de haber ido a tan importante obra, en un día al parecer muy especial. Me acerqué a uno de los más fervorosos fanáticos, que estaba emocionado sentado en un escalón, y le expresé: “Qué actuación la del muchacho eh, que suerte que vine justo en esta noche”. Me miró extraño, como entendiendo que era mi primera vez allí, y me contestó: “Esto, pibe, es siempre así: hace 17 años que, en este escenario, estamos disfrutando de la mejor de las obras”.

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